El metrobús a veces me hace sentir que voy en un transporte público cosmopolita, donde debes tener tu tarjetita, puedes leer tranquilamente, en una ruta determinada, que no hay otros autobuses rebasando ni corriendo, no hay música a todo volumen y... no huele a muerto.
Pero no hay felicidad completa, todas las mañanas es cuestión de sobrevivir. Cuando subo las escaleras del puente a la estación trato de no mirar la entrada al autobús, intento que sea una sorpresa y cuando paso mi tarjeta por el lector, respiro profundo y levanto la mirada: 30 mujeres todas peinadas, mirando apuradas sus relojes, con sus bolsas de mano (entre más grandes mejor), sus maletitas con tupperwares para la hora de la comida (entre más cuadrada mejor), dispuestas a utilizar estas armas en conjunto con sus codos para poder entrar de una buena vez; las madres tienen apretados a sus hijos por la cabeza y susurrando las instrucciones de cómo entrar, eso si, sin separarse de ellos ni un milímetro, mientras los niños están morados y observan con odio a las contrincantes grandulonas.
Una vez que entras, la hazaña es lograr mantenerte dentro. Por alguna razón, todas salen al mismo tiempo, con la misma desesperación con la que entraron, empujando a aquellas que estaban listas para empujar hacia adentro (quienes terminan a la mitad de la estación, lo que aprovechan para tomar vuelo y empujar con más fuerza), así que debes tomar tus precauciones: si no te sujetas de un tubo (de la misma forma que te aferras a una rama en la corriente del río), terminas varada en una estación lejana, con el mismo reto de antes para entrar nuevamente al siguiente autobús. Uno no puede parecer novata, porque los peces gordos parece que empujan a los pequeños y miedosos.
Eso si, cuando estás bien acomodada entre las bolsas y la comida, las mismas que te enterraron un codo para entrar te protegen, no ha posibilidad que tengas algún sobresalto y ruedes por el piso... no existe esa idea... no hay espacio para eso....
No hay comentarios:
Publicar un comentario